La libertad de imprenta y la pluma de Martí

33 días duraría la libertad de imprenta dictada por el nuevo Capitán General de la Isla Domingo Dulce. Mientras en la manigua se publicaban desde 1868 los periódicos El Cubano Libre y otros ejemplares, bajo el estruendo de la guerra independentista el gobierno colonial español trataba de “dulcificar” el país con este decreto, que autorizaba la emisión libre de pensamientos de los ciudadanos por dicho medio sin sujeción a censura.

Más de cien periódicos y hojas sueltas aparecieron en pocos días. Pero la disposición que intentaba captar las simpatías de los cubanos a fin de contrarrestar el movimiento insurreccional no tardó en chocar con publicaciones tan encendidas como la propia guerra.

“Esta dichosa libertad de imprenta (…) permite que hable usted por los codos de cuanto se le antoje, menos de lo que pica; pero también permite (…) que lo zambullan a usted en el Morro por lo que dijo o quiso decir”.

Así lo reflejó José Martí con apenas 16 años de edad en el único número de El Diablo Cojuelo, una publicación de cuatro páginas dirigida por su amigo Fermín Valdés Domínguez, que salió a la luz en La Habana el 19 de enero de 1869.

De acuerdo con Emilio Roig de Leuchsering, en su obra Martí, periodista a los diez y seis años, un editorial y varias notas satíricas sobre la prensa y acontecimientos de la época conformaron esta publicación que no desperdició sus líneas en temas extravagantes o alejados de la situación política de la época.

En sus páginas se refirió Martí también a los trabajadores de imprenta, que con esta libertad al menos no encontrarían censura que les arrebatara el trabajo.

Consejero frente a otros editores que equivocaban el camino al abrazar la indecencia en sus textos y soldado contra el servilismo de algunos periódicos oficiales como Diario de la Marina, El Diablo Cojuelo sería precedido cuatro días después por otro que bajo el título La Patria Libre defendería los mismos intereses, en contundente denuncia contra las atrocidades e injusticias de los gobiernos coloniales.

Entonces se darían a conocer los versos de aquel poema dramático, donde por primera vez el negro fuera de su posición divertida en el teatro bufo, encarnó a un verdadero héroe: «¡Un rayo solo detener pudiera/ El esfuerzo y el valor del noble Abdala!/ ¡A la guerra corred, nobles guerreros,/ Que con vosotros el caudillo marcha!”.

Aunque era solo un adolescente quien empuñaba aquella pluma, Martí dedicaba a la patria su poema Abdala y plasmaba en la prensa su indiscutible apoyo a la lucha.

El 12 de febrero del propio año sería abolida la libertad de imprenta. Pero bastaron aquellos 33 días para que la historia registrara también en la ciudad, como en el campo, el grito multiplicado por la independencia de Cuba.

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