Penélope espera guagua local

Esta Penélope no es la que según Joan Manuel Serrat, esperó a su gran amor hasta el final de sus días. La de esta historia, es una matancera del siglo XXI, sin bolso de color marrón, ni zapatos especiales para el domingo y sobre todo, sin la paciencia de aquella que inmortalizaron en el clásico tema musical. Penélope, está a punto de estallar, lleva más de dos horas en la parada del Framboyán esperando una guagua local.

Para que nadie la confunda con la protagonista de la canción española, como buena cubana que es, ya hechó flores por la boca y maldijo, primero, a todos los choferes de las guaguas de transportación de trabajadores de Varadero que pasaron e hicieron caso nulo a su mano extendida, suplicando un pare, por favor, y después, a los conductores de los carros estatales, que según ella, padecen de tortícolis o tienen papera, pues ni siquiera miran para el lado.

Tal y como si fuera la loca del muelle del San Blas, otra que por cierto, también esperó muchísimo, Penélope corre de un lugar para otro, con sus bultos a cuestas y todas sus esperanzas puestas en el vehículo que a distancia para, o intenta parar, pero el esfuerzo es en vano, parece invisible ante los ojos de los enfermos, perdón de los choferes, es que a veces me confundo, solo a veces.

Los comentarios de las personas a su alrededor, la desesperan más. Algunos aluden que la tardanza de las guaguas, se debe a que algunos viales estan cerrados por reparación. Los más pesimistas, sentencian que la espera es, «hasta que se seque el Malecón» y para colmo, un botellero unionse de experiencia, le pone la tapa al pomo, al asegurar, que muchas veces, se ha demorado más en el trayecto del framboyán a la terminal, que de ésta a Unión de Reyes.

Cierto es, que la cantidad de guaguas que responden a los servicios de transportación pública, no satisfacen la demanda de la población matancera, pero si unido a ello se suma la inconsciencia y la indisciplina de conductores que se hacen los de la vista gorda ante las paradas repletas de pasajeros, el problema se agrava mucho más y propicia que sean multitudes las Penélopes que tarden horas en llegar a sus destinos y se conviertan en aliadas de una espera que desespera.

En gran parte la solución también está en ti, que conduces tu auto mientras te alejas de la parada que ignoraste hace tan sólo unos minutos. En ella puede estar, la doctora que te atenderá en el Faustino, el maestro que educa a tus hijos, el locutor que te alegra cada tarde En la Radio y hasta Penélope, una matancera del siglo XXI, sin bolso de color marrón, ni zapatos especiales de Domingo, pero con ganas inmensas de que comiences a usar espejuelos claros.

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